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Colombia: Entre reinas, fiesta y llanto.

Siempre lo he dicho, Colombia, tal cuál como “Gabo” describía a Macondo, está llena de realismo mágico, por lo tanto soy una convencida de que la realidad supera a la ficción. Y lo digo por la forma tan peculiar en que acontecen y des – acontecen, los diversos hechos que han marcado la madeja de nuestra historia, eventos que a muchos sólo les toca vivirlos a través de su televisor de 80 pulgadas, pantalla plana, con lo último en tecnología digital.

A la par de los diversos hechos de actualidad noticiosa que sacudieron y aún retumban en las mentes intrépidas, lúcidas, críticas, a cuanto seudo intelectual se atraviesa por el medio y por supuesto a sirios y troyanos, boyacos y costeños, se vienen desarrollando festejos, muestras culturales, carnavales y otros, que denotan de que a nosotras las y los colombianos, por diversos que seamos, el mundo puede caerse encima pero de que hay fiesta y reina las hay.

Y es que para todo da la tierrita. El fin de año empieza con el reinado de reinados, la reina de reinas, la señorita Colombia, evento que se lleva a cabo en Cartagena, mi terruño adoptivo por el momento, en el marco de las fiestas de independencia, del 11 de noviembre, en donde los esclavos se rebelaron a la opresión colonialista. Por supuesto, no encontraron nada mejor para expresar ese sentir que un reinado bastante elitista de por si y que nada tiene que ver con la libertad, los derechos humanos o Cartagena y su historia, por lo que la auténtica fiesta con cabildos, reinas populares y mofas a la realeza pasan a un segundo plano.

El año pasado, 2007, fue mi primera experiencia en las fiestas novembrinas, a pesar de mi esfuerzo por disfrutarlas, era imposible sentir alegría al ver cómo la gente gozaba en la noche y al día siguiente se levantaba en la misma pobreza de siempre, con sus casas inundadas por el infernal invierno. Cómo, mientras en Bocagrande y el Laguito bebían y comían como dioses, en otros barrios como el Pozón y Nelson Mándela ni siquiera para el agua panela había. Pero bueno, fiestas son fiestas y hay que reír, aunque por dentro se lleve una tristeza inmensa.

La feria de Cali, salsa, pura salsa, muerte, carteles y despeje, que combinación. Manizales, Neiva, Popayán, cada una tiene su fiesta, sus pesares, calamidades, su santo o reina, que para el caso da lo mismo. Bajando un poco por la geografía nacional, me encontré con Pasto y su Carnaval de Negros y Blancos, debo decir que me sorprendió; a diferencia de muchas es una fiesta que intenta rescatar las habilidades de sus artesanos, de su pueblo, y lo más importante, se siente que todavía le pertenece a éste y no a la empresa privada, incluso nos reímos mucho cuando pasaba una comparsa de “Telefónica – Telecom” y el público gritaba, “abajo Telecom”. No conocí a la reina, ni la vi, pero si me dejé sorprender por lo hermoso del paisaje, las costumbres y a decir verdad el hablado de los pastusos hasta contagioso es.

El 20 de enero, Sincelejo, corralejas y fandango, en el marco de estas fiestas se realizó la conmemoración de la masacre de Chengue. Este corregimiento de Ovejas, Sucre, un 17 de enero del 2001 vivió el terror de la guerra, esa que aún el Gobierno se empeña en negar. 27 campesinos fueron asesinados por los paramilitares al mando de Rodrigo Mercado Peluffo alías “Cadena”, con el “presunto” consentimiento de las fuerzas armadas del estado. Durante el acto se sembraron 27 árboles, se entregaron claveles a viudas y huérfanos de manos de los mismos que por acción u omisión contribuyeron a este asesinato, generales, tenientes, soldados y el propio gobierno municipal y departamental. Ese día les brindaron atención médica, hicieron misa, les pidieron jugar mientras en su mente está, a pesar de los 7 años transcurridos, aún fresca la imagen de sus seres queridos, tal vez sus victimarios estaban a unos cuantos metros de distancia, pero no era permitido reclamar, ese día en Chengue no hubo fiestas, ni mujeres felices moviendo sus polleras al son del porro, solo lágrimas y dolor.

Este es un cuento de no acabar, la televisión nacional y sus canales privados, mostraron y seguirán mostrando mes a mes de manera distorsionada las tragedias que abundan en nuestro País, muchos llorarán al verlas, sentirán remordimiento al ver la pesadilla que viven quienes conocen de cerca las consecuencias de este conflicto, pero inmediatamente se sentirán aliviados con las largas piernas de una mujer que nos cuenta qué pasa en el jet set colombiano, a que reina van a coronar ahora, si la del arroz, el chipi chipi, el borojó u otro fruto de la madre tierra.

Podría seguir hablando sobre fiestas y reinas, pero hay demasiadas en Colombia, cada vereda, cada municipio cuenta con la propia. No quiero llegar al Carnaval de Barranquilla, porque bueno hasta ahora comienza y hay mucha tela de donde cortar, a final de cuentas es mi Ciudad, son mis raíces. Por ahora solo dejo ese rápido vistazo a una pequeña parte de Colombia desde mis ojos, visión cargada de llanto, dolor, sufrimiento, desesperación, gozo, pero un gozo intenso como para arrancarse los sentimientos, como para no sentir más, creo que a la final todo esto ocurre para poder ahogar las penas y el padecimiento, para borrar los recuerdos y tratar de sobrevivir a una realidad que cada vez más, sobre pasa los límites de la ficción.

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